Sábado Santo 2020

Los familiares o los seres queridos que están alrededor de alguien que está conectado a un respirador o – como en la crisis del coronavirus – sin poder estar juntos pero esperando noticias a cierta distancia, saben que mientras haya respiración hay esperanza. No importa lo cercano del desenlace, siempre parece muy lejos, mundos aparte.

Pero cuando finalmente se acerca y el último aliento se exhala, cuando no continúa la respiración, entramos al summum silentium de la muerte. El gran silencio.

En los monasterios, esto se refiere al silencio que los monjes deben supuestamente observar estrictamente después de la oración nocturna. Aunque no es poco común que los monjes se conecten por Zoom para platicar con alguien después del gran silencio. Con la muerte, sin embargo, no se puede. El silencio sólo se puede observar. No podemos engañar a la muerte. Y es impresionante lo incapaces y desprotegidos que somos. Como niños que piensan que lograrán lo que quieren siendo insistentes, encantadores, llorando, amenazando, finalmente nos rendimos y aceptamos la derrota. Lo que se fue, se fue.

Por más que repitamos las conversaciones con los muertos, ya no los veremos ni los escucharemos como alguna vez lo hicimos. Las fotos, objetos personales, cartas viejas son objetos que atesoramos pero son una flaca consolación y después de un rato nos estorban para la nueva relación que se está formando en la tumba que lentamente va evolucionando hasta convertirse en una matriz.

Este inflexible e intransigente silencio de la no-comunicación, este fracaso de hacer contacto, de no saber qué está sintiendo o viendo – si acaso – la persona que falta, este silencio de preguntarnos si es que se preocupan, si existe algún tipo de existencia en que podrían preocuparse de aquellos que los extrañan, a través de un proceso de duelo da paso eventualmente a que aceptemos lo obvio e inevitable. Aunque con gran peso en el corazón, los deudos siguen adelante. Cuando morimos, la muerte nos introduce al summum silentium que entonces muestra señales de vida. Brotes verdes surgen de un terreno muerto.

Esto no significa que los mensajes de los muertos estén en una plataforma de comunicación, sino que el silencio se vuelve más profundo. Nos volvemos mejores para escuchar el silencio sin llenarlo de nuestros deseos, miedos e imaginaciones. Se vuelve presencia simplemente.  Simple pero más intensamente presente que ninguna otra cosa que pensáramos antes que era real.

Entre las líneas de esta pandemia y el doloroso significado del desorden que causa, deberíamos ser capaces de escuchar este gran silencio. Si no tenemos una práctica espiritual o si la hemos descuidado, este es el momento de reiniciarla. Es tiempo de ver lo necesario que es para sobrevivir este silencio de las cosas.

El silencio que empodera la vida a través de la muerte.

Aquí en Bonnevaux he notado que en mis caminatas reconozco más presentes y amigables a los pájaros y otros animales. Supongo que esto es mi proyección. Soy yo el que ha cambiado, no ellos. Pero ¿quién sabe? Tal vez al final, todo es relación, no solamente observar o ser observado. Es tiempo de iniciar Cuaresma de nuevo.

Laurence Freeman O.S.B.

Traducción: Enrique Lavín, WCCM México

 

Categorías: